La sociedad japonesa

Sociedad japonesa

La peculiaridad y singularidad de los japoneses es un cliché clásico. Sin embargo, cabe empezar cualquier disertación sobre ellos diciendo que no existe la generalización “los japoneses”. Más bien hay 127 millones de individuos en Japón con caracteres, intereses y costumbres genuinos. Y, pese a los marcados estereotipos que afirman lo contrario, los japoneses son tan variado como cualquier pueblo de la Tierra. E igual de importante es recalcar que el pueblo japonés guarda más similitudes que diferencias con el resto de la humanidad.

Dichos estereotipos se basan fundamentalmente en su lengua: pocos japoneses hablan también inglés como, por ejemplo, los singapurenses, los chinos de HonKong o los indios cultos, por no mencionar a casi todos los europeos. Esta dificultad tiene su origen en el sistema de enseñanza anglosajón del país y se compone de una timidez innata y una manía perfeccionista, y en la propia naturaleza del idioma japonés, que contiene menos sonidos que cualquier otra lengua de importancia mundial. De forma que lo que pueda parecer una inescrutabilidad exasperante, es más bien una incapacidad para comunicarse de forma efectiva. Los extranjeros que aprenden japonés descubren a un pueblo cuyos pensamientos y sentimientos son similares a los de los habitantes de otros países desarrollados.

Los japoneses tienen ciertas características que reflejan su singular historia y la interacción con su entorno. La mejor forma de comprender cómo piensan los japoneses modernos es echar un vistazo a dichas influencias. En primer lugar, Japón es una nación insular. En segundo lugar, el país no recibió una influencia notable de los misioneros cristianos y jamás fue conquistado por una potencia extranjera hasta la Segunda Guerra Mundial. Tercero, casi todo el territorio está sembrado de escarpadas montañas de modo que las pocas zonas llanas están muy pobladas. Por último, Japón ha sido durante casi toda su historia, un lugar estrictamente jerárquico y hasta tuvo algo muy parecido a un sistema de castas en el periodo Edo.

Todo ello se ha traducido en unos habitantes que tienen en alta estima la identidad grupal y la armonía social, simplemente porque una ciudad densamente poblada o una pequeña aldea agrícola no dejan espacio a un individualismo marcado. Uno de los modos de conservar la armonía es mediante el consenso y la ocultación de los sentimientos y opiniones personales. Así, el libre intercambio de ideas, los debates o las discusiones propios de Occidente son menos comunes en Japón. Tal reticencia a la hora de compartir los pensamientos más íntimos contribuye a la imagen occidental de los japoneses como series misteriosos.

La tendencia nipona a anteponer la armonía social a la expresión individual se halla reforzada por su legado confucionista y budista. El primero, heredado de China, recalca la primacía del deber para con los padres, profesores, la sociedad y los antepasados frente a la felicidad personal. El último, herencia de India a través de China, hace hincapié en la ilusoria naturaleza del individuo y ensalza la austeridad en toda cosa o acción.

Por supuesto, el carácter japonés encierra mucho más que la mera inclinación a velar por la armonía social. Cualquiera que visite el país descubrirá enseguida a un pueblo notablemente concienzudo y meticuloso, industrioso, honesto y habilidoso.

Cualquier visita a Japón brinda una excelente oportunidad para echar por tierra los mitos sobre Japón y sus gentes. Uno imagina un país de conformistas trajeados o autómatas inescrutables, pero unas cuantas rondas en un izakaya (bar japonés) acabarán enseguida con dichos conceptos.

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