Turquía posee una diversa y rica tradición artística, en la que se advierte la influencia de dos factores: el nomadismo y el islam. Los primeros habitantes del país eran nómadas que debían llevar consigo sus pertenencias, de ahí la importancia de la confección de alfombras y kilims. También el islam ha marcado visiblemente el arte turco, asegurando un repertorio arquitectónico que otorga al país su perfil distintivo y el desarrollo de una tradición decorativa que excluye la representación de seres vivos.
Aunque la costumbre de los bailes folclóricos está cayendo en desuso en las ciudades, aun constituye una viva tradición en los pueblos del país, como se puede comprobar si se asiste a una boda tradicional.
Los bailes folclóricos se pueden dividir en varias categorías amplias, el bar, de la zona de Erzurum/Bayburt; el horon, del mar Negro, y el zeybek, que viene del oeste. El halay es un baile de conjunto encabezado por un bailarín que ondea un pañuelo blanco y, aunque tiene su origen en el centro, sur y sureste de Anatolia, se baila en todo el país, especialmente en las bodas y en los bares del Istiklal Caddesi de Estambul cuando se ha bebido algún raki de más. Sin embargo, es posible que se recuerde más el horon, ya que en algunos de sus pasos más típicos los hombres se acuclillan y lanzan patadas teatrales, al más puro estilo cosaco.
La danza de los derviches giróvagos mevlevi no es exclusivamente curca, pero sí es en Turquía donde se tienen más probabilidades de verla representada.
Antes de la proclamación de la República, la poesía y la prosa turcas se escribían en osmanli, una forma del idioma que en la actualidad sólo conoce un reducido número de personas. A fines del S. XIX, algunos escritores se adaptaron a las formas europeas. Atatürk decretó que la lengua turca debería ser purificada de préstamos árabes y persas, lo cual, unido a la introducción de un nuevo alfabeto latino, propició el acercamiento a las letras de muchos más ciudadanos.
Hoy en día, todo se escribe en este idioma turco más conocido, que emplea el alfabeto de caracteres latinos. Varios escritores turcos han sido traducido con éxito a otros idiomas, y casi todos los bestsellers de la literatura extranjera se traducen al turco inmediatamente.
La obra de Irfan Orga Retrato de una familia turca, aparecida en 1950 y reeditada recientemente, da una visión fascinante de los últimos años del imperio otomano y los primero de la República.
Hasta 1923 y la fundación de la República turca, las principales manifestaciones artísticas se ceñían en mayor o menor grado a las leyes del islam, que prohíbe la representación de cualquier ser dotado de alma inmortal (es decir, de animales o humanos). La escultura y la pintura no existían, con la notable excepción de las miniaturas turcas reservadas a la clase alta.
A finales del S. XIX, los otomanos cultos empezaron a adoptar estilos europeos de pintura. El mejor sitio para admirar cuadros de esta época es el Museo Sakip Sbanci, en Estambul, donde se exponen obras de Osman Hamdi, Nazmi Ziya Güran y Feyhamam Duran, entre otros. Especialmente interesante es la obra de Hamdi, que fue quien fundó el Museo Arqueológico de Estambul. Sus cuadros orientalistas son hoy muy solicitados.
Atatürk fomentó la expresión de estilos artísticos europeos y en su Gobiernos inauguró escuelas oficiales de pintura y escultura, y otorgó primacía a este arte laico y “moderno” frente al arte religioso del pasado.
Durante el S. XX, los artistas turcos han permanecido en contacto con las tendencias occidentales. Unos las han copiado fielmente y otros las han mezclado con la tradición e inspiración autóctonas. Estambul es la mejor plaza para ver las obras de los artistas modernos. A lo largo de Istiklal Caddesi, varias pequeñas galerías privadas albergan exposiciones que cambian regularmente.
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